Back in black

Regreso a 2010. O a 2009. O a 2005. No lo sé. Enésimo déjà vu. Vaya siglo. El rey perdió el trono y esquiva toda oportunidad de recuperarlo.

Ojalá todos los Madribarsa fueran en el Camp Nou. Guardiola les enseñó a controlar nuestras emociones caseras y no se les olvida. El “hombres contra niños” de la ovación a Ronaldinho ha ido desarrollando updates hasta la ovación a Iniesta. Hasta la vergüenza. Sevilla, Athletic y Celta le han marcado cuatro goles a los que ayer no nos ganaron 0-6 de milagro. Y “sin Messi”. Gracias, Munir, por evitar el culmen del escarnio.

Y no fue mayor el baño que el que le dio el Madrid al Barcelona en la primera parte de su último encuentro en el Camp Nou. 45 minutos de 0-3 que acabaron 1-1. Se puede hacer una película de tres horas con versión extendida de todas las ocasiones claras falladas contra el Barcelona en los últimos cinco años. En caso contrario siempre acaba en goleada. La historia interminable. El bucle.

La desesperación. Ese perseguir sombras. Esa poca fe. Ese perder cada balón dividido. Esa sensación de que los guerreros se acaban de conocer y no comprenden la batalla ni las instrucciones. Esos jugadores top mundial reducidos al nivel del Getafe. Esa abrumadora derrota moral. Esa sublevación ante la impaciencia del público.

Esa falta de inteligencia competitiva y emocional. Modric se tiene que sentir como el chaval que atiende en clase y se queda sin recreo porque otros 10 críos se pasan el día dando voces. Como se sentía Xabi Alonso, que al final ha resultado ser el más listo.

En su primer Madribarsa en el Bernabéu cada entrenador nuevo -excepto el único que entendió el momento actual de esta guerra- intenta jugar a lo que ellos y la prensa llaman “de tú a tú”. Cede a la presión popular. Busca la posesión. Y acaba persiguiendo la pelota como un gato un puntero láser en el suelo. A estos se les gana, básicamente, al contragolpe, pero en el Bernabéu no nos deja el mundo. Ni nos dejamos nosotros. Y nos plegamos. Y nos vuelven a ganar. A humillar. Como cambiamos mucho de entrenador, pasa muchas veces. Todos tienen que aprender. Pero los jugadores son siempre los mismos y parece que no lo quieren entender.

Cuenta la leyenda que hubo un día un general que tras recibir la más humillante de las derrotas en su primera batalla consiguió que sus soldados comprendieran la guerra. Darle la vuelta a la batalla emocional. Aprender a ganarles. Pero cuando lo consiguieron les empezó a incomodar su disciplina, creyeron que ya no la necesitaban. Y dos años después, aún ganando una Copa de Europa por el camino, la batalla moral ha vuelto a 2010.

A Neymar no se le puede fichar porque cuesta 150 millones. El señorío. A Suárez tampoco porque muerde. El señorío. Hoy son Ronaldinho y Eto’o. La segunda vez, Florentino. A Benítez se le está poniendo cara de Camacho. La segunda vez, Florentino. Y a ti se te está poniendo cara de “los he malcriado, lo mejor es que me vaya”. La segunda vez.

Ganar la Décima. Tener la oportunidad de marcar una época. Verano de 2014: el sinsentido. Difícil gestionar peor un equipo campeón. Racha de 22 victorias.  Espejismo. Parece que sí, pero no. Mundialito. Gloria-relajación-hostión (nuestro nuevo ciclo). Resulta que Modric era todo y que no eras tan bueno como para jugarte la temporada sin portero. Les pones en bandeja el triplete. Ellos sí huelen la sangre. Y la gloria. Y les gusta repetirla. ¿Solución? La de siempre. El otro bucle. Rueda la cabeza del entrenador. Y seis meses después su sustituto ya ve la guillotina si levanta la mirada.

Y acabará 2015 y parecerá que hace 12 años de la Décima otra vez.  Y la triste realidad es que cada vez es más difícil que un niño de cinco años elija al Real Madrid.

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El ‘Síndrome Churu’

La temporada pasada acabó con doblete, Décima incluida, y un año después acaba el curso sin títulos (si no contamos Supercopa de Europa y Mundialito). La última temporada que el Madrid acabó sin títulos (si no contamos la Supercopa de España) fue la 12/13. Al haber tan poco margen de tiempo entre una temporada y la otra, alguien con el propósito de enmendarlo se preguntaría: ¿qué tienen en común?

Hay un contexto común muy claro: ambas temporadas en blanco vinieron después de una temporada fantástica. Y es que, sin exagerar, 11/12 y 13/14 están entre las mejores temporadas de la historia del Real Madrid. En la primera se logró la mejor Liga de la historia del Club, “sólo” una tanda de penaltis separó al equipo de la final de la Champions y un árbitro canalla le apeó de la Copa, además de lo que se disfrutó con el juego del equipo, acompañado del cénit de Cristiano Ronaldo como futbolista del Real. En la segunda, primer doblete contando Liga, Copa y Champions desde la 88/89 (!), y la ansiada Décima.

Y después, ¿qué? La nada. Cuando parecía que el equipo se encontraba ante la oportunidad de marcar una época e iniciar una hegemonía, todo se vino abajo. Dos veces seguidas. Evidentemente no hay una sola razón que explique ambas caídas, ni son iguales, pero si hay que elegir una yo lo tengo claro: relajación.

También hay que decir que la caída de la 12/13 se produce mucho antes que la de la 14/15. En la 12/13 el vestuario cree haber tocado techo ganando la Liga con 100 puntos, desbancando a Guardiola y haciéndole huir y se siente superior a un Barcelona que presumiblemente iría a peor con el cambio de técnico (y acabaría, paradójicamente, ganando la Liga con 100 puntos). ¿Resultado? Liga perdida en septiembre (!) y demasiado tiempo libre para rencillas que acabaron truncando todo ante un entrenador que se vio incapaz de volver a conectar con sus jugadores y despertar el gen competitivo en un equipo al que había llevado al límite de la competitividad tres meses antes. Se enfadaron con él por intentarlo, ya estaban en la cima y sentían que no le necesitaban. El resto de la historia no hace falta recordarla.

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Hago un inciso aquí para recordar que incluso en el transcurso de la gran temporada 13/14 hay un ejemplo de relajación tras lograr un gran objetivo. Tras ganar 0-4 en Munich y alcanzar la ansiada final de la Champions de forma brillante, el equipo es incapaz de conectarse en Liga y pierde muchos puntos al final (el Madrid acaba tercero) que le dejan sin opciones de lograr un título (y un triplete) que se antojaba asequible por los puntos que también perdieron los dos rivales al final.

Esta temporada comienza con un mal verano del presidente, al que sin duda hay que achacarle la derrota en la Supercopa de España y los seis puntos perdidos en las tres primeras jornadas ante Real Sociedad y Atlético. Después de aquello todo cambió, Ancelotti les dio mimos e ideas y el equipo consiguió despegar. 22 victorias con un juego exquisito, parecía que la relajación post-victoria era historia, que verdaderamente la Décima había logrado traer al vestuario ese poso de tranquilidad necesario que no implicase relajación. Pero había trampa, en el horizonte cercano se encontraba una cima mal vendida como más alta que la Copa de Europa: el Mundialito, ser campeones del mundo, el escudito en la camiseta. Llegó y se ganó, claro, la diferencia de nivel con el resto de equipos no dejaba lugar a otra cosa. Ahora sí, la cima. Unas navidades enteras escuchando y leyendo elogios de todo el mundo. ¡récord histórico de victorias, cuatro títulos en un año y campeones del mundo! Demasiado. La cosa empezó a torcerse, desde la lesión de Modric no había habido partidos difíciles y vinieron todos de golpe. Derrota en Valencia, en Copa contra el Atlético, victorias por los pelos ante Córdoba y Sevilla, la hecatombe ligera del Calderón, tres meses malos de Cristiano. Y más lesiones. El equipo se desconectó. Ya nada sería igual.  En cuanto el camino pasó de ser llano a llenarse lentamente de piedras no supieron reaccionar, no supieron a qué agarrarse. Y cuando quisieron volver fue demasiado tarde. Bien es cierto que las lesiones deben servir como atenuante, la de Modric ha sido gravísima y yo estoy convencido de que esta temporada no acaba así con él sano. Pero es cuando vienen mal dadas cuando un equipo con gen campeón saca carácter y motivación y se agarra como sea a los partidos, en lugar de encomendarse a llegar a donde le lleven las rentas del trabajo anterior. Ese es el punto crítico, ese es el ‘Síndrome Churu’.

Creo que es la figura de Sergio Ramos la que mejor explica al Real Madrid 2010-2015. Su carácter es el que más contagia al resto, es el líder del vestuario. Este Madrid ha evolucionado al ritmo que ha ido marcando él. Me pasa con Sergio que hay días que le daría un abrazo y otros que le estaría dando collejas hasta el amanecer del día siguiente, y si el Real Madrid fuese una persona sentiría lo mismo hacia él. “Nos faltó actitud”, “en el descanso pensábamos que estaba hecho”, “nos hemos relajado”, “nos confiamos” son palabras que han salido de su boca (y de la de otros jugadores) tras derrotas importantes en los últimos años. Y es que el elogio y ver fácil la misión debilita a Ramos, debilita al Real Madrid. Ambos responden mejor cuando sienten que tienen que demostrar, cuando vienen desde abajo, cuando tienen que remontar. Y no son capaces de mantenerse arriba cuando llegan, pese a ser los mejores y tener condiciones para ello.

Un jugador que cuando juega fuera de posición no es capaz de concentrarse, cuando en realidad es una situación que requiere más concentración, pero puede pasarse los últimos 5 minutos de un partido de delantero centro y acabar marcando el gol decisivo.

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En las últimas cinco temporadas el Real Madrid ha empezando a remolque las Ligas, perdiendo puntos al principio, y casualmente es Sergio uno de los jugadores a los que más tiempo le cuesta coger ritmo. Es como si empezar empatados a puntos no fuese motivación suficiente. Y no es ninguna tontería relacionar su irregularidad con la poca cantidad de Ligas, trofeo de la regularidad por excelencia, obtenidas en los últimos años. Un jugador que cuando juega fuera de posición no es capaz de concentrarse, cuando en realidad es una situación que requiere más concentración.

Hacer un lamentable partido de ida para luego hacer un partido de vuelta memorable y conmovedor y luchar hasta el final por la remontada, eso también es Sergio Ramos: la de cal y la de arena. Fue en aquella vuelta contra el Dortmund cuando hizo ‘click’ y no es casualidad que el culmen de la madurez de este vestuario, alcanzado en abril de 2014, le tuviera a él como bandera. Él ya nunca madurará, pero tuvo que ser él quién dijese “eh, estoy aquí para ganar una Copa de Europa, vosotros veréis” para llegar a la orilla.

Y después de la Décima y más aún saliendo él en todas las fotos del título, muchos temíamos un comienzo desastroso en la 14/15. Y no fue así, parecía posible el cambio. Pero llegó el Mundialito y lo jugó lesionado y arriesgando porque quería marcar en la final. Y marcó. Pero un mes después se impuso la lógica y se acabó lesionando en esa zona, dejando al equipo en cuadro con Pepe ya en la enfermería. Y entre unas cosas y otras el síndrome había vuelto. Y despidió la temporada a la heroica, jugando lesionado una gran segunda parte contra la Juventus tras una lamentable actuación en la ida. Pero era demasiado tarde. Ahora cabe esperar de él (porque por mucho que tense la cuerda con la renovación, que ese es otro tema, acabará renovando) que en la 15/16 vuelva a renacer, y con él el Real Madrid, porque volvemos a estar en el barro y es el único contexto en el que en los tiempos que corren somos capaces de dar lo mejor de nosotros.

En resumen, Ramos es ése que sintiéndose el mejor defensa del mundo pide tirar un penalti decisivo y lo manda a las nubes, queda hundido, pone los huevos en la mesa dos meses después y marca uno decisivo a lo Panenka, vuelve a la cima y la temporada siguiente se la pasa desconectado hasta que hay que remontar un 4-1 en el Bernabéu y vuelve a renacer. Y así sucesivamente, él y ‘su’ Madrid.

Lo que es una pena es que haya sido el carácter de Sergio Ramos el que se haya impuesto y diseminado en el vestuario y no el de Cristiano Ronaldo, que debería ser el del Real Madrid por antonomasia. Querer ser siempre mejor, querer siempre más, la motivación extrema de superarse a sí mismo. Es una lástima haber desaprovechado ésto, duele imaginar lo que podrían haber alcanzado estos jugadores cambiando el ‘Síndrome Churu’ por el ‘Síndrome CR7’.

Nervio y corazón

Deleitaba y desesperaba por igual. Tantas veces falló lo difícil por no querer hacer lo fácil. Y tantas veces hizo bien lo difícil. Durante cuatro años electrizó al Bernabéu con su nervio, un futbolista de los que te levantan del asiento.

Su saltito justo después de ponerla en la cabeza de Cristiano en la final de Copa de 2011 lo dimos todos. Su zigzag previo al 2-1 en Lisboa es historia de la Décima.

Supo revertir su situación a base de trabajo y conseguir que incluso quienes en su día lo quisimos vender, hoy lamentemos su marcha. Deja huella. Huellas. Su huequecito en la historia del Real Madrid. No lo vamos a olvidar.

Todo nervio y corazón.

Gracias, suerte y hasta siempre, Fideo.

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Real Madrid v Atletico de Madrid - UEFA Champions League Final

Gracias, Diego

Se marcha Diego López y con él se va un gran portero, un gran profesional y un gran madridista. A Capello le gustaba, pero por aquel entonces Casillas era indiscutible. Dio el paso de salir del Real Madrid en busca de oportunidades y en Villarreal deslumbró, demostrando su gran potencial, siendo partícipe de la época dorada del equipo, jugando en Europa y llegando a ser internacional con España. Muchos golpes ha recibido Diego a lo largo de estos años, uno de ellos fue quedarse fuera del Mundial de Sudáfrica en la última convocatoria tras haber sido convocado durante el año anterior. Otro, el descenso con el Villarreal tras haber jugado Copa de Europa con el equipo amarillo ese mismo año. Después fichó por el Sevilla y tampoco lo pasó bien, sufriendo en la figura de Palop un aperitivo de lo que meses más tarde encontraría en su vuelta a casa: un portero que por nombre y méritos anteriores partía con ventaja y apoyo mediático pese a no ser superior a él.

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Y llegó la oportunidad de su vida en el club de su vida. El Real Madrid llamó a su puerta tras la lesión de Casillas en Valencia en enero de 2013 –Mourinho quiso ficharlo antes– y él no se lo pensó dos veces. Rindió a un nivel excepcional hasta el final de temporada, siendo clave en las eliminatorias de Copa de Europa ante el Manchester y de Copa del Rey ante el Barcelona. Se ganó el puesto en el campo con grandes actuaciones, tan sólo empañadas por su error en el segundo gol del Atlético en la final de Copa de ese año, aunque decir o insinuar que aquel partido se perdió sólo por eso es tan injusto como la cantidad de cosas que se han escrito y dicho sobre Diego López en este año y medio para hacerle daño.

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Llegó al Real Madrid a luchar por un puesto en el campo y en los entrenamientos, con la ilusión de gozar de una segunda oportunidad en el equipo del que tuvo que salir para jugar y hacerse un nombre en el mundo del fútbol. Y se vio envuelto en una guerra que él no había empezado, en la que él no quería participar, que él nunca alimentó y por la que ha acabado llevándose duras e inmerecidas críticas por parte de un sector que no valora el trabajo y la profesionalidad como virtudes sino que responde a intereses bastardos. Despreciado por gran -borrega- parte de su afición sólo porque mediáticamente los amigos de su competencia -con su consentimiento- le hacían de menos tan sólo porque le estaba arrebatando el puesto. Pese a todo, ni un mal gesto, ni una salida de tono, ni una bronca. Y quizá tenía más razones para montar un pollo de las que tienen otros que sí los montan.

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Aquella parada ante el Borussia (tras una gran actuación en el partido de ida, pese a los cuatro goles encajados). Quizá la única vez que el Bernabéu al completo hizo justicia con él y coreó su nombre al unísono. Aquella parada bien habría merecido el pase a la final y de haberse remontado la eliminatoria habría sido en gran parte gracias a ella, lo cuál, quién sabe, quizá habría cambiado el signo de esta segunda etapa de Diego López en el Real Madrid.

Cuando al acabar esa temporada Mourinho abandonó el equipo y parecía destinado al banquillo, consiguió convencer también a Vecchi y Ancelotti de que era mejor y empezó la Liga como titular y con grandes actuaciones. Es conocido que Vecchi lo prefería antes que a Casillas, por lo que no es descabellado pensar que este último jugó la Copa de Europa en la temporada 13/14 por una cuestión “política” y para conservar la llamada “paz social”, imposible actualmente mientras Iker Casillas continúe en el equipo. El Real Madrid no pudo lograr el título de Liga y Diego se marcha sin haber sido partícipe directo en ningún título, una crueldad excesiva para un jugador que ha rendido a gran nivel y al que no se puede culpar de la no consecución de los títulos que ha disputado.

Lo más destacable del desempeño de Diego López en su segunda etapa en el Real Madrid es que hay que valorar sus actuaciones en un contexto de máxima presión. Pocas veces un jugador se habrá sentido más bajo la lupa, sabiendo que cada error sería magnificado y cada acierto minusvalorado mientras que para su rival por el puesto el trato mediático era radicalmente inverso. Tiene mucho mérito haber sabido aislarse de eso y que sus errores se cuenten con los dedos de una mano dada la infame e injusta valoración de su trabajo y el empeño de la prensa afín al “capitán” de poner a su rival en la diana.

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¿Por qué se va? Él quería seguir. Parece bastante claro que el Real Madrid le ha empujado a la puerta, lo cuál es una dolorosa injusticia y un bochornoso trato a un futbolista que lo ha dado todo (pero éste de verdad) por el equipo. Un tío que, además de ser un grandísimo portero, habría aceptado ser suplente y disputar el puesto de igual a igual con Keylor Navas en lo que seguramente habría sido una competencia sana. Un tío que no ha faltado a ningún entrenamiento voluntario y se ha dedicado en cuerpo y alma a lograr en el campo lo que otros querían arrebatarle fuera de él. Un tío que merecía un trato más respetuoso por parte de una directiva que no ha estado a la altura con él. Es entendible que si Iker se aferra a su contrato vitalicio y su finiquito de 30 millones para no abandonar el equipo, el Real Madrid no pueda deshacerse de él, pero la ficha de Diego no es tan alta como para que un club como el Madrid necesite prescindir de él tras el fichaje de Keylor Navas y la presumible continuidad de Casillas. Así no se soluciona ningún problema, y cierto sector de la prensa no dudará en hacerle a Keylor lo mismo que le han hecho a Diego, eso hay que tenerlo claro.  Dicen que “así se acaba el debate”. No, el tóxico debate no se acaba hasta que Iker Casillas abandone la entidad, porque siempre que él siga y su puesto se vea amenazado, quién lo amenace será perseguido por sus hordas de periodistas.

“Es una persona extraordinaria con un sólo defecto: no soporta encajar goles. Le he visto enfadarse en los entrenamientos. Es uno de los mejores porteros que he entrenado en mi vida. Se coloca bien, va bien con el pie con las dos piernas y es muy bueno en las salidas. Su mejor virtud son los reflejos. Tiene movimientos rápidos a pesar de que mide 1,96 metros”.

Estas palabras de Villiam Vecchi tras conocerse el fichaje de Diego por el Milán dejan bien claro que tampoco el cuerpo técnico se desprende de él con gusto, lo cuál también resulta desalentador. Y es que en el plano más importante, el deportivo, se marcha un portero mejor que el que se queda, obviando a Keylor Navas, que es más joven que ambos, atraviesa un mejor momento de forma y será titular siempre y cuando la política y la prensa lo permitan, visto lo visto.

Habrá que esperar al 31 de agosto para ver qué pasa con Casillas y si verdaderamente la política del club ha sido la de prescindir de ambos porteros, aunque no lo parece. Pero esta batalla la ha ganado él, fuera del campo concretamente, ya que dentro no ha podido. Y eso lo ha visto todo el mundo. Y deja a las claras el poder que sigue teniendo el capitán y su camarilla de periodistas en el Real Madrid. Castigar la profesionalidad, la entrega y el buen comportamiento y premiar la desidia, falta de compromiso y respeto al club y egoísmo. El mensaje a día de hoy es horrible.

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En definitiva, se marcha un portero que en ha sufrido una persecución mediática por causas ajenas a él, por haber sido elegido y defendido en su día por Mourinho y por quitarle el puesto de titular al niño bonito de la prensa, que no sólo no ha tenido la decencia de pedir a sus amigos periodistas que, por el bien del equipo, dejasen de enmierdar, sino que ha alimentado la polémica y les ha dejado hacer a su antojo hasta llegar a esta situación.

Diego López abandona el Real Madrid tras haber sido el portero titular durante año y medio, con la Décima y una Copa del Rey bajo el brazo y con el cariño y reconocimiento del sector de la afición no envenenado por la campaña periodística en su contra. Y ese cariño lo tendrá siempre. Queda desearle la mejor de las suertes en su nueva etapa, darle las gracias por tanto y pedirle perdón por tan poco. El madridismo es agradecido con la entrega y el compromiso y el tiempo pone a cada uno en su sitio, aún está el mundo del fútbol a tiempo de ser justo con Diego López.

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Gracias y hasta siempre, Diego.

 

Hasta siempre, Don Alfredo

Cuando yo conocí a Alfredo Di Stéfano él ya tenía el pelo canoso, no demasiado abundante y ya había arrugas en su rostro. No le vi jugar, pero me sé sus jugadas de memoria, sería capaz de reconocerlo por su forma de correr como hoy en día a los que visten la blanca.

La blanca, una camiseta cuya mística no existiría sin la figura de Don Alfredo. Así de simple.

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Y es que lo que es hoy en día el Real Madrid y lo que ha sido antes no se entiende sin la figura de La Saeta. No sones sólo las cinco Copas de Europa que se ganaron con él como jugador más destacado del equipo ni sus ocho Ligas en 11 años, es cómo inoculó su gen ganador en lo más profundo del ADN del Real Madrid. Y ahí sigue. La última jugada de la final de Copa de Europa del 62 contra el Benfica (ganaron los portugueses 5-3) es un lanzamiento desviado de Alfredo que se marcha fuera con el tiempo cumplido. Ahí ya tenía 36 años y sus mejores días habían quedado atrás, pero hay cosas que no se pierden nunca.
El último partido que vio de su equipo fue una final. Una final de Copa de Europa. La de la Décima. Y es que no se podía ir de este mundo sin volver a ver al Real Madrid en el lugar al que él lo elevó por primera vez: lo más alto de Europa.
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Dicen los que le vieron jugar, y podemos corroborar los que hemos visto vídeos suyos, que Di Stéfano era un todocampista. No era raro verle recibir en la media luna del área propia. Lo más cercano a echarse un equipo a la espalda que se haya podido ver nunca. Dirigir, organizar, marcar, asisitir y, sobre todo, no dejar de correr. Dejar en el campo hasta la última gota de sudor, hasta el último minuto. Eso era Di Stéfano, eso es el Real Madrid. Y mientras viva uno, vivirá el otro.
Gracias y hasta siempre, viejo.
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“Ya corre La Saeta, ya ataca mi Madrid”

Hemos vuelto

Ya está, la larga espera terminó. El Real Madrid ya tiene 10 Copas de Europa. 12 años de sinsabores, decepciones, frustración y una obsesión creciente con recuperar el trono perdido quedan atrás. El penalti de Figo en Delle Alpi, los goles de Morientes con el Mónaco, el gol de Zalayeta en aquella prórroga en Turín, el de Henry en el Bernabéu, el corte de mangas de Van Bommel y el gol de Makaay a los 10 segundos, una Roma venida a menos ganando en Chamartín, el 4-0 del Liverpool, el Lyon silenciando el Bernabéu, Stark y De Bleeckere, los penaltis contra el Bayern, el 4-1 de Dortmund… Todo eso pasó. Se acabó el “volveremos”. Hemos vuelto. Volvemos a reinar.

Hay que recordar de dónde venimos. Aquella eliminatoria de cuartos contra el Mónaco en 2004 dio comienzo a una de las épocas más negras de la historia del club. A aquello le seguirían seis años cayendo en octavos de final de nuestra competición predilecta, que acabarían con el Real Madrid fuera del primer bombo del sorteo de la fase de grupos. Hay que recordar cómo celebramos el desenlace de aquella eliminatoria entre Barcelona e Inter en 2010, que evitó la posibilidad de que el eterno rival disputase, y seguramente ganase, la final en nuestro estadio. Hay que recordar aquella frustración de ser incapaces de ganar una eliminatoria europea entre 2004 y 2011. Hay que recordar que, pese a ganar dos Ligas en ese período, el Real Madrid era una máquina de devorar entrenadores y ningún entrenador completó dos temporadas consecutivas desde la salida de Del Bosque en 2003 hasta la llegada de José Mourinho en 2010. Y la crisis institucional provocada por Ramón Calderón. Y el Bernabéu aplaudiendo a Ronaldinho y asistiendo años después a un 2-6 que ya vemos lejano y que hoy en día cuesta mucho imaginar.

Por suerte, Florentino Pérez decidió volver y empezó a construir un proyecto que ahora ve culminado su objetivo principal. Ese verano se fichó entre otros a Cristiano Ronaldo, Xabi Alonso, Benzema y Arbeloa, todos ellos campeones de Europa cuatro años después, y pese a que aquella temporada fue horrible y acabó en blanco con Alcorconazo y Lyonazo de por medio, ahí empezaron a sentarse las bases del cambio. Un cambio que llegaría la temporada siguiente con la llegada de José Mourinho, que consiguió hacer de un equipo sin alma ni fe un equipo ganador. Indiscutiblemente, él cambió el chip y este éxito no se entiende sin las tres temporadas que pasó aquí. Desbancó a Guardiola y al mejor Barcelona de la historia minando poco a poco su superioridad hasta hacerla desaparecer. Creó un bloque, un equipo que perdió tres semifinales seguidas pero que aprendió a estar ahí, entre los grandes, cosa que se había olvidado ya. Aquellas eliminaciones supieron mal, como todas, pero era distinto, estábamos ahí, rondándola, no hacíamos el ridículo.

Soccer - UEFA Champions League Final - Real Madrid CF vs Club Atletico de Madrid

Y después de una turbulenta temporada 12/13 llegó Carlo Ancelotti y logró conseguir de este grupo de jugadores algo inédito hasta entonces: madurez y tranquilidad en momentos críticos. La segunda parte del partido de vuelta de la eliminatoria de cuartos contra el Bourussia es el mejor ejemplo, el equipo supo salir del lío en el que se había metido en lo que parecía una reedición de las negras noches alemanas del Madrid y supo sufrir. Otro ejemplo es la eliminatoria contra el Bayern, con un equipo concentrado al 100% sin apenas fisuras durante 180 minutos ante el vigente campeón. Ese era el punto que le faltaba a este equipo para ser campeón de Europa, saber competir. Y esa pizca de suerte necesaria (el balón al palo de Mkhitaryan) para ganar una competición tan difícil.

Champions League - Borussia Dortmund v Real Madrid

Y ya está, el Real Madrid ha sido el mejor equipo de la competición, la ha ganado y vuelve a teñir Europa de blanco. La historia la escribimos nosotros. Hasta el 24 de mayo de 2014 el reto para cualquier equipo era conseguir 10 Copas de Europa, ese día elevamos el listón a 11. Quién consiga 10 ya no será el primero. La Décima ha sabido a gloria después de tanto tiempo y significa muchas cosas, sobre todo por lo que dejamos atrás. El Real Madrid ha vuelto, siempre vuelve, parece mentira que haya quién no se entere todavía.

Real Madrid v Atletico de Madrid - UEFA Champions League Final

Hala Madrid. Y nada más.

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Un sueño en el infierno

Un mosaico imponente y un Robben asintiendo con la cabeza mientras sonaba el himno de la Champions en plan “os vamos a joder” hacían presagiar que el infierno prometido y esperado se iba a hacer realidad. Pero no.

Cuesta mucho menos imaginar al Real Madrid perdiendo una eliminatoria en jugadas de estrategia que ganándola, pero la Copa de Europa tiene estas paradojas y dos goles a balón parado en cinco minutos enterraron de un plumazo el ímpetu inicial de los bávaros, mucho menos imponente de lo esperado, dicho sea de paso. Sergio Ramos saldaba cuentas pendientes con el Bayern y su propia historia en esta competición como ya hiciera Coentrao en la ida y el fuego muniqués estaba ya extinguido en el minuto 20.

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Pero aún no era demasiado bonito. En un contragolpe letal Di María, Benzema y Bale descuartizaron a la defensa alemana y el galés sirvió en bandeja el tercero a Cristiano. Tercera puñalada. Y ésta, al igual que el 1-0 de la ida, con dedicatoria especial a los que (aún) defienden que sólo es lícito ganar jugando al tiqui-taca. Incluido Guardiola.

Modric no es un jugador para ganar balones de oro, es un jugador para ganar Copas de Europa. Y a su alrededor orbitó el Madrid en una primera parte que quedará para la historia. Como la eliminatoria de Xabi Alonso, a quien el cruel destino apartó súbitamente de su final soñada con el Real Madrid cuando tenía pie y medio en ella con esa tarjeta amarilla que recordará toda la vida. La defensa (Carvajal-Pepe-Ramos-Coentrao, para que quede constancia), sólida durante los 180 minutos de la eliminatoria, fue el pilar sobre el que se apoyó una noche mágica. La bestia blanca fagocitando sin piedad a su bestia negra.

Y después, la calma. El Real Madrid vivió 45 minutos plácidos en Múnich por primera vez en su historia y eso también era digno de disfrutarse. La constante tentación de frotarse los ojos y pellizcarse los brazos acompañó al madridismo hasta que Cristiano redondeó la goleada con su segundo gol de la noche. Era real. Estábamos en Lisboa.

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Cuando ya nos preguntábamos si alguna vez sucedería, este Madrid ha madurado y este grupo de jugadores ha jugado con la cabeza en su sitio una eliminatoria contra el vigente campeón de Europa. El gran logro de Ancelotti, a quien más de uno le debe una disculpa.

12 años después, el Real Madrid vuelve a citarse con la Historia. El 24 de mayo de 2014 disputará una final que el madridismo lleva ansiando más tiempo del debido. La gloria está a un paso, otra vez. Y sabe bien tenerlo tan cerca, pero habrá que sudar lo suyo si se quiere alcanzar, esto es la Copa de Europa y aquí nadie regala nada, bien lo sabemos nosotros. Pero hemos vuelto, el mundo entero mira al Real como quien mira a Bolt antes de la salida de los 100 metros, sabiendo que puede estar a punto de presenciar, una vez más, una hazaña histórica. Volver a ver a unos tíos de blanco lograr algo que nadie ha logrado antes. Porque eso es el Real Madrid.

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